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La incorporación de la mujer al trabajo ha hecho que, antes o después, deba encomendar el cuidado del bebé o del niño pequeño a terceras personas una buena parte de la jornada. Sin embargo esto, más que conciliación de vida laboral y personal, me parece un reparto de tiempo que no siempre es justo ni para la madre ni para el niño, que sufren muchas veces por esta separación.

Este modelo, aunque no lo vea ideal, quizá es una nueva manera de aproximarnos al problema de la conciliación. Y es que el derecho innegable de las mujeres a trabajar en igualdad no creo que sea bueno que se realice a costa de renuncias como la necesidad de los bebés que están mejor que con nadie con sus mamás y la necesidad física y emocional de las madres a criar directamente a sus hijos durante un tiempo mayor del que disponemos ahora mismo.

No todos los lugares y tipos de trabajo son seguros ni adecuados para un bebé, pero si creo que hay otros muchos que pueden adaptarse perfectamente a que un niño esté, garantizando su bienestar, en el mismo lugar que la madre y acompañarla en sus tareas.

La mujer en el trabajo antes de la Revolución Industrial

Antes el mundo funcionaba así. Voy a hacer un breve repaso de la historia de la conciliación. Las mujeres, no nos engañemos, siempre han trabajado, dentro pero también fuera del hogar. Desde tiempos inmemoriales los niños estaban con sus madres a lo largo del día y ellas no estaban en sus casas encerradas sino que se ganaban también la vida con múltiples ocupaciones.

La crianza de la especie humana en estado “natural” no separaba a las madres y a los bebés. Quizá en esto no hemos mejorado con los siglos.

En las tribus recolectoras y cazadoras, las mujeres llevaban a sus niños en brazos o con un pañuelo, mientras, una vez recuperadas físicamente del parto, que en condiciones normales puede ser mucho antes de lo que estamos acostumbrados, caminaban por el bosque recogiendo alimentos. Sus hijos estaban con ellas todo el tiempo.

La llegada del Neolítico no cambió eso, los niños seguían a sus madres que cultivaban, tejían, hacían alfarería o preparaban los alimentos. Su inmersión en la vida de la sociedad era la norma. La enseñanza se realizaba en la familia y los que acudían a recibir una formación mayor no lo hacían hasta bien entrada la infancia.

En realidad que madres e hijos permanecieran juntos ha sido lo que ha caracterizado la existencia de la raza humana, como sucede con todos los mamíferos, si bien es cierto que no todas las actividades eran permitidas para las mujeres.

No es posible precisar cuando la estructura social hace que sean los hombres los que dominen sobre las mujeres, pero muchas teorías señalan que los cambios más fuertes se producen con el nacimiento de las ciudades y los primeros imperios. Antes, en la prehistoria, no podemos saber más que por comparación con sociedades aisladas que mantuvieron el modo de vida cazador y recolector, como se dividían los trabajos y el poder.

La situación tras la Revolución Industrial

El cambio no llegó hasta la Revolución Industrial, cuando las mujeres se fueron ocupando de tareas en fábricas y oficinas, conquistando con ello una mayor independencia económica y derechos en igualdad teórica. Lo que los antropólogos llaman el patriarcado fue destruyéndose, aunque en el fondo, muchos patrones de juicio siguen manteniendo a la mujer en una posición más débil en muchos lugares, incluida nuestra sociedad occidental.

Y sin embargo la gran conquista se pagó con un precio muy alto, la separación de los niños de manera habitual de sus madres una gran parte de la jornada y a edades cada vez más tempranas, dejándolos al cuidado de instituciones o terceras personas.

La falacia de la independencia de los bebés

Mientras esto sucedía se imponía un modelo de interpretación de la evolución psicológica de la infancia que no ha sido nunca demostrado y que choca con lo que ha sido la costumbre de nuestra especie y de las que se nos asemejan. Se nos explica que el niño debe ser independiente a edades en las que cualquier observador objetivo sabe que el niño es un ser enormemente dependiente.

La mayor riqueza de los hogares introdujo el que se disponga de seguridad, confort y calor en ellos, siendo además habitual que ya no convivamos todos en una única habitación. Puesto que el niño no sufrirá daño en otro cuarto y que ese cuarto existe, era posible dormir en él. Pero no es solo eso, sino que también se insiste en que los bebés deben dormir en otra habitación para aprender hábitos de independencia desde edades tempranas, bajo la amenaza de trastornar su evolución y convertirlos en personas dependientes y sin autoestima.

Nadie ha podido demostrar esto, porque la psicología no puede manejar de manera matemática estas variables, pero, en mi opinión, nadie lo podrá demostrar porque es una falacia. Los niños humanos siempre han dormido con sus madres o con ambos progenitores, pero el invento de que duerman separados es algo nuevo, que no llega a nosotros hasta el siglo XIX o XX.

Ninguna teoría va a poder demostrar que nuestros ancestros estaban emocionalmente tarados por dormir con sus madres o , como explicaré a continuación, por permanecer con ellas durante toda su infancia sin entrar en instituciones que la substituyan la mayor parte de la jornada.

Yo no veo ninguna ventaja en que un bebé se separe de su madre, al menos para él. Los niños humanos nunca han sido educados por un miembro ajeno a su familia en grupos grandes, a cargo de un adulto, organizados por edades de manera determinante. Los niños estaban con sus madres y familiares cercanos, con otros niños de todas las edades, en contacto con la vida cotidiana real de su sociedad todo el tiempo. Nadie dijo jamás que es bueno que se integren en instituciones educativas a temprana edad para independizarse, relacionarse o aprender a ser personas. Nadie lo dijo porque era obvio que no es necesario.

Todas estas teorías a favor de las guarderías son creadas a posteriori, cuando la sociedad hacía necesario que los niños fueran a la guardería para que las mujeres sigan trabajando lejos de ellos. Un consuelo basado en otra falacia. No hace falta ninguna que los niños y los bebés se separen de sus madres o de sus adultos cercanos para crecer de manera emocionalmente sana.

No afirmo tampoco que sea algo pernicioso, pero de ahí a defender que es bueno va un enorme trecho. Pero si creo que la atención de la madre y el padre en los primeros seis años de vida es fundamental para el desarrollo emocional y así lo demuestran multitud de estudios científicos.

 La realidad es que, tal y como funciona la sociedad y el mundo no podemos elegir. Es preciso optar por las instituciones en la gran mayoría de las familias. Pero esto no tendría que ser así. El mercado laboral no es la mayor riqueza de una sociedad, su riqueza son las familias y los niños, que serán los adultos del futuro.

La Revolución pendiente

Pienso que la gran revolución pendiente en la lucha de las mujeres por sus derechos pasa por reclamar que su libertad, su trabajo y su independencia no obliguen a renunciar a pasar el tiempo con su niños y criarlos directamente.

No se como se puede lograr, la verdad es que me veo impotente para dar soluciones globales, pero si creo que es necesario concienciarnos de que uno de nuestros derechos es el derecho de que nuestros hijos no tengan que separarse de nosotras tantas horas a los pocos meses de vida. Eso es conciliar trabajo, libertad, derechos y maternidad.

Cachorros humanos

Los cachorros humanos no están hechos para vivir encerrados, va contra su naturaleza estar quietos, solos, en silencio y atados a su balancín mucho rato. No, no nacen para estar en pisos ni en cochecitos la mayor parte del tiempo. Necesitan aire libre, una tribu, acompañar a su madre día y noche en todas sus tareas, ir en brazos viendo el mundo desde nuestra altura y jugar en el suelo con nuestra compañía.

Desde luego no están tampoco programados para ser criados por una madre que está sola casi todo el tiempo y mucho menos por una cuidadora que no es de su familia y que tiene 3 o 4 o más bebés a su cargo. Esta es una realidad biológica y etológica en la que todos los especialistas estarán conformes, pero que choca con las diferentes soluciones culturales que han dado los seres humanos a la crianza.

Las madres y los padres actuales se encuentran, muchas veces, abrumados por mil problemas en la crianza, cosas que asombrarían a personas de otras culturas o de otras épocas pero que a nosotros nos tienen muy preocupados: el bebé pide brazos, el bebé se despierta, el bebé pide teta cada media hora, el bebé no quiere quedarse en la guardería, son ejemplos de ello.

Y es que nos empeñamos en exigir de los bebés cosas que no están en su naturaleza como cachorros de mamífero y primate. Y eso, por muchos avances de la sociedad moderna, no se puede cambiar. Somos lo que somos.

Lo que no quieren nuestros cachorros humanos

Nuestros cachorros humanos no quieren dormir en sus cunas separados de nosotros. Claro, es que su naturaleza les indica que deben dormir, como el resto de los primates, abrazados a su mamá y tomando teta. Dormir en otro cuarto es un invento de la sociedad occidental actual. Nunca les ha pasado nada malo a los niños por dormir con sus padres, no salen raritos ni menos independientes. De hecho, los niños humanos siempre han dormido con sus padres. Es parte de la Historia de la Humanidad y una de nuestras características como especie.

Nuestros bebés no quieren quedarse en el cochecito quietecitos y arman jaleo para que los tomemos en brazos. Claro, el bebé humano no puede moverse por si mismo e instintivamente sabe que si se queda solito podría ser devorado, por lo que intentará que lo llevemos sea con carantantoñas, sea con lloros desesperados.

Y como no pueden andar ni pueden siquiera agarrarse a nuestro pelaje inexistente como monos desnudos, pues necesitarán que los llevemos en brazos y todo su instinto lo reclama. Es que son así, no es maldad, no es manipulación, no es ganas de fastidiar, no es mala educación. Es su naturaleza, su realidad. Los humanos somos así. Los bebés humanos son de una especie que lleva a sus hijos en brazos desde el amanecer de los tiempos. Todos los avances de la sociedad moderna no cambiarán lo que los bebés necesitan para sentirse seguros y felices de manera instintiva.

Nuestros bebés se aburren soberanamente en casa y reclaman atención continua para distraerse. Para poder hacer nuestras cosas terminamos metiéndolos en el parquecito hasta que ya no se quejan o los ponemos delante de la televisión. No podemos manejar la situación e, incluso si porteamos en casa y el niño nos acompaña en todas las tareas, termina siendo aburrido y un poco agotador. Y es que no estamos hechos para criar en soledad.

La especie humana en estado natural

Nuestra especie no se formó en nucleos de familias nucleares metidas en compartimentos estancos. Nuestra especie es una especie de tribus, en las que hombres y mujeres de todas las edades, en grupos de unos 30 parientes, recolectaban cerca de un asentamiento que iría variando cada cierto tiempo, siguiendo los frutos o la caza.

En esos grupos las mujeres tendrían hijos de manera espaciada, ayudadas por una lactancia a demanda prolongada y por las dificultades periódicas, y también, tristemente, por una alta mortalidad infantil.

Si al bebé hay que llevarlo en brazos todo el tiempo no tiene sentido tener varios hijos seguidos aunque se pueda contar con ayuda para su transporte y cuidado. Los niños humanos serían autónomos en sus movimientos hacia los cuatro años y precisamente es a partir de esas edades, y no antes, cuando son capaces de asumir la llegada de un hermano entendiendo mejos lo que va a significar y pudiendo demorar sus demandas. También es a partir de estas edades cuando se produciría el destete paulatinamente tardando incluso en ser definitivo hasta los siete años, que es cuando aparcen los signos de dentición avanzada y cuando madura completamente el sistema inmune.

Nuestros niños tienen celos, muchos de ellos sufren enormemente cuando llega un hermanito. Y ese sufrimiento no parece que debiera ser tan intenso si tener un hermanito fuera algo para lo que los preparara su evolución emocional. Posiblemente el que el niño humano necesite atención de un adulto casi continuada hasta los cuatro años aproximadamente tiene algo que ver con esas emociones tan intensas. Una madre humana ancestral no tendría otro bebé hasta que el mayor no llegara a una edad en la que pudiera prescindir de ella más rato al día y por eso a nuestros hijos les cuesta tanto adaptarse a la llegada de un hermanito cuando son muy pequeños. Es comprensible si entendemos su naturaleza y, entendiéndolo, seguro que podemos ayudarle mejor a enfrentar esos cambios si el segundo bebé llega rápidamente.

En los grupos humanos originarios la mortalidad sería alta y la esperanza de vida muy breve. Pero existían padres y madres, adolescentes, niños de variadas edades y unos pocos ancianos. Todos se ayudaban y se cuidaban, aunque posiblemente no eran muy amables con los desconocidos. Los niños se relacionaban con todos durante todo el tiempo, no aprendían en salas con muchos niños de su misma edad y un adulto de otro grupo familiar desconocido. Por eso las guarderías les cuestan tanto y hay conflictos, realmente el bebé humano no está hecho para estar con tantos bebés de su misma edad a la vez y con tan pocos adultos. No es su naturaleza.

La madre paría atendida por mujeres de su entorno en las que confiaba, no por desconocidos. Desde niñas, habían ayudado en la crianza de otros niños y habían aprendido mucho sobre la lactancia y el cuidado del bebé. En el puerperio la hormona del amor las inundaba, sin interferencias externas. Y posiblemente, si todo estaba bien, viviera con tranquilidad el proceso, unida a su cría, y luego sería acompañada por sus comadres. Cuando estaba recuperada y se unía al grupo no estaban nunca solas, había brazos amigos que las rodeaban y colaboraban con ellas. No pasaban el día entero en un piso metidas ni solas con su hijo. Por eso esa soledad del piso nos deprime y agota tanto a nuestros niños.

Necesitamos comadres, necesitamos una tribu, pero no sabemos construirla de nuevo, con personas que nos hagan sentir seguras y confiadas, respetadas en nuestra maternidad pero apoyadas. ¿Es realmente imposible encontrar ese grupo humano que nos complete?

Conclusión

A veces la cultura y la sociedad nos alejan de la felicidad que solamente podemos sentir si esa sociedad no reniega de nuestros orígenes e impulsos naturales.

No es cuestión de volver a las cavernas o desaprovechar las ventajas de una vida más cómoda, sino conectar con nosotros mismos y no romper con las necesidades emocionales que nos caracterizan como seres complejos, humanos, primates, mamíferos, tribales, con crías apegadas absolutamente indefensas y grandes cerebros que desarrollar.

La civilización no debería violentar nuestra naturaleza y muchos de nuestros conflictos y problemas nacen precisamente cuando lo que nos marca la sociedad choca con los instintos, las necesidades y las emociones básicas como primates y mamíferos.

Criar sin azotes

Muchos padres desearían criar sin azotes y cambiar el modelo en el que ellos mismos fueron educados logrando, de ese modo, una comunicación más empática y respetuosa con sus hijos, tratándolos como lógicamente todos los seres humanos desearíamos ser tratados.

Pero ¿cómo lograr esa crianza más empática y esa comunicación respetuosa? Puede parecernos complicado si no tenemos los recursos necesarios y no hemos interiorizado que a los niños no se les puede tratar de una manera que sería inadmisible hacia un adulto, especialmente si este estuviera en una posición de dependencia o indefensión como sucede con los niños.

Nuestras frustraciones y tensiones a veces nos hacen explotar, pero el hacerlo con los niños debería producirnos más rechazo incluso que si lo hacemos con un adulto.

Para los padres que vieron que sus propios padres lo hacían y asumen que les sucede también, esto puede resultarles un comportamiento que saben incorrecto pero que no consiguen cambiar. Pero es posible aprender a criar sin azotes.

Para todos esos padres que desean aprender a criar sin azotes, controlar su ira o sus nervios y tratar a sus hijos con el mismo respeto con el que tratan a otras personas pero no logran hacerlo hay ideas, estrategias y hasta trucos sencillos que pueden resultarles de mucha ayuda para trabajar el cambio de su comportamiento.

Primera lección: los adultos nos equivocamos

Y lo primero que vamos a tener que aprender es que los adultos nos equivocamos.

Pues si. Parece que nos cuesta aceptarlo, pero es cierto, los adultos nos equivocamos. Los adultos nos portamos mal a veces, tenemos rabietas, berrinches, nos vemos sobrepasados por las circunstancias, estamos cansados y explotamos y eso nos lleva a comportarnos mal, a ser maleducados, violentos, agresivos y vengativos.

De verdad, una vez que nos hemos atrevido a admitirlo resulta un pensamiento liberador y curativo.

No hay que temer a la culpabilidad, pues reconocer los fallos es indispensable para lograr subsanarlos. Perdemos los nervios pero con quienes nos permitimos pasar límites que no pasaríamos con nadie es con los niños, como si no pasara nada por hacerlo.

Nuestra permisividad hacia nosotros mismos con nuestras pérdidas de control hacia los niños nace de que no aceptamos que, si nuestros padres lo hicieron, nos hicieron daño con ello. Nos dolió que nos pegaran un azote o un tortazo, nos amenazaran con dejar de amarnos y nos llamaran cosas feas.

Nos hicieron daño, a pesar de su amor por nosotros. Y una vez aceptamos que eso duele seas niño o adulto, podremos decidir que no queremos repetir ese error y seguro que encontraremos el modo de educar sin azotes.

Los niños que nosotros fuimos

Comencemos por el principio. Si deseamos criar a nuestros hijos sin azotes, sin gritos y sin castigos debemos analizar la forma en la que nos educaron y abrir el corazón a ese niño interior para recuperar los sentimientos y pensamientos que teníamos entonces.

Nosotros, de niños, sufrimos si nos pegaron, aunque fuera un azote. Por supuesto que sufrimos. Cuando nos menospreciaron o impusieron obediencia sin explicaciones, sufrimos.

Sufrimos cuando, llevados a una situación incompatible con las necesidades naturales de los niños, nos “portamos mal” correteando o pidiendo atención, y nos llevamos un grito o un pescozón por ello. Sufrimos porque ningún niño merece que se le trate de manera menos respetuosa que un adulto, sus derechos son los mismos y ellos, si nadie les priva de esa idea, están convencidos de ello.

Solamente la repetición de conductas represivas lleva al propio niño a dejar de creer que nadie, nadie, nadie, tiene derecho a hacerle daño, a pegarle, a amenazarle, a insultarle o a menospreciarlo.

¿Hemos asumido que nuestros padres se equivocaron cuando utilizaron los azotes y los gritos de manera consciente o por falta de recursos? Os animo a hacerlo, desde el amor hacia ellos incluso, pero con el valor de ver lo que sentimos de niños. No es un paso sencillo pero es indispensable, si consideramos que el niño que éramos merecía ese trato entonces estamos condenados a repetirlo con nuestros niños. En cambio, si somos capaces de asumir que aquella no es la forma en la que deseamos que crezcan nuestros hijos y hemos decidido usar herramientas como la empatía y el respeto estamos en buen camino. Vamos a romper la cadena de repetición de conductas de crianza no respetuosas. Seremos capaces de criar sin pegar ni un azote, y hacerlo desde la comunicación positiva, la empatía y el respeto.

 Existen herramientas que nos pueden permitir controlarnos cuando el niño nos tiene desbordados y sentimos una rabia que asciende por la garganta, nos llena la cabeza de latidos intensos y nos hace explotar. Nosotros somos los responsables de nuestra falta de autocontrol, no el niño, pues precisamente ellos no actúan para hacernos enfadar en las relaciones emocionalmente sanas.

Los niños no manipulan, los niños necesitan amor y atención para crecer emocionalmente sanos. Los niños son niños, tienen necesidades diferentes a nosotros los adultos, ritmos y reacciones normales en ellos. Y desean ser amados, cuidados, escuchados y atendidos por nosotros. Las situaciones que viven pueden hacerles actuar de manera molesta y hasta incorrecta moralmente o peligrosa, pero nuestra función primordial no es la punitiva, sino la educativa, y sobre todo, somos los responsables de conseguir para ellos ambientes y entornos naturalmente adecuados para ellos.

Cuando un padre o una madre sienten esa ira ascendente descargan en el niño una frustración y un enfado intenso, pueden notar esa violencia interna que solamente se calma cuando el niño se rinde y llora. La mano no se escapa para dar un azote llena de amor y ternura, se escapa enfurecida y harta. Demasiado.

Si no fuera así no perderíamos el control. No nos gusta lo que sentimos y eso hace que enmascaremos el sentimiento de pena o dolor con la cólera. Me pregunto a veces si es que estamos vengando del dolor de nuestro niño interior en el hijo y solamente nos sentimos saciados cuando le vemos llorar como llorábamos nosotros?

Este enfado que se desencadena cuando estamos sobrepasados y toma las riendas de nuestras acciones podemos domarlo, controlarlo y buscar estrategias de vida y hasta trucos para mantenerlo controlado. Se puede hacer, mediante nuestra propia educación emocional.

Educar a un hijo es lo más importante que vamos a hacer en la vida

Si hemos decidido criar a nuestros hijos sin azotes, sin gritos y sin castigos, en definitiva, sin ninguna clase de violencia, vamos a tener que hacer un repaso cargado de autocrítica para determinar que cosas dificultan nuestra tarea y, si estamos pensando en ser padres, para decidir antes de serlo si debemos cambiar cosas en nuestra vida o nuestra mente. Porque para criar sin azotes se debe empezar por la formación y la información.

Cuando nos embarcamos en un proyecto de importancia vital y a largo plazo todos solemos prepararnos muy bien. Incluso si es algo como elegir una hipoteca, un seguro o un coche, lo pensamos y repensamos, miramos todas las posibilidades e incluso aplazamos la decisión hasta que llegue el mejor momento económico y personal.

Un hijo es mil millones de veces más importante que un coche, un seguro o una casa. Es algo para toda la vida y es una persona que dependerá de nosotros para que se atiendan sus necesidades físicas y también para su educación, formación moral y salud emocional.

La formación para ser padres puede ser una baza importante si no queremos vernos sorprendidos y hemos decidido realizar una crianza consciente, en la que no nos dejemos llevar por costumbres o por el modo en el que nos criaron, sino que queremos ser los dueños de nuestras decisiones y tomarlas con toda la información. Existen cursos, libros y páginas en las que podemos adquirir una verdadera formación sobre crianza, con datos científicos que avalan la importancia del respeto a las necesidades naturales de los niños e información sobre sus procesos físicos, emocionales y cognitivos.

También deberíamos investigar que forma de nacer es la mejor para los bebés y buscar el centro que más confianza nos ofrezca en nuestro entorno.

La importancia del vínculo natural

Tan importante como un buen parto, respetado, sin violencia, sin separaciones innecesarias, es un postparto feliz. La madre y el bebé no necesitan ser el centro de un circo o un espectáculo. Necesitan intimidad y paz. Y también necesitan los cuidados del papá y de las personas de máxima confianza que ellos decidan. Aprender sobre los cambios físicos y emocionales del postparto en la mujer y también en la relación de pareja supone una de las tareas de prevención indispensables.

La lactancia materna es de enorme valor para la salud física de los bebés y también es un elemento que la Naturaleza nos ofrece para darles consuelo y seguridad. Al respecto de la lactancia hay muchos mitos y mucha ignorancia.. Los mismos profesionales sanitarios no siempre siguen las recomendaciones más básicas y el resultado es, lamentablemente, que muchas madres y muchos bebés se ven privados de la lactancia cuando realmente no había impedimentos, sino malos consejos.

Una madre que se siente amada y respetada, a la que cuidan y defienden en su pequeño nido, se vinculará con su bebé con más dulzura, se sentirá más segura de su capacidad de entender al bebé y más feliz. Amando con locura no se puede pensar en el cachete. Si cuando el bebé llora o da malas noches la madre se encuentra arropada y recibe ayuda para cuidar su hijo con seguridad en si misma y con ternura, estará poniendo las bases de una relación sana. Por eso es importante entender el postparto y estar preparados para una etapa que puede ser dura.

Un buen parto, un postparto feliz y una lactancia exitosa no son indispensables para lograr criar sin azotes, por supuesto. Pero si suponen una ayuda para la paz mental y la naturalidad en las relaciones emocionales y físicas, y por tanto, no hay que despreciar su importancia. Informarnos y formarnos como padres es nuestra responsabilidad.

Existen, también, magníficos cursos para padres que abordan cuestiones de salud infantil, seguridad, psicología y prevención de comportamientos indeseables de los padres o los hijos. Los libros de autores prestigiosos: pediatras, ginecólogos, psicólogos, terapeutas, profesores y padres y madres experimentados son otro de los elementos que nos van a servir mucho en la prevención de los azotes.

Reconocer los síntomas de la ira

Llegado a este punto, creo importante centrarnos en la manera de reconocer los síntomas de la ira que nos puede invadir y que es la causa por la que podemos caer en los azotes o gritos. Para lograr aprender a controlar el impulso aprendido de imponernos físicamente o corregir mediante el azote a nuestros hijos es una labor que puede resultar complicada, pero que sin duda dará frutos que valen la pena, una infancia más feliz y confiada para nuestros hijos.

Reconocer que nuestros padres y nosotros mismos nos equivocamos es, como dije al comienzo, un paso necesario y decidir aprender recursos para manejar las situaciones de conflicto sin que se nos escape la mano o un grito es el segundo paso. Vamos a por ello.

Este segundo paso comienza por aprender a reconocer en nosotros mismos los síntomas físicos evidentes de que estamos a punto de perder el control. Es como si algo que está dentro de nosotros, inculcado desde la infancia, fuese a brotar cuando nos vemos sobrepasados, pero su avance no es silencioso, el estallido no es inmediato, y si aprendemos saber reconocer el avance de esa rabia y descontrol podemos pararla a tiempo, antes de que nos domine y nos haga decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentimos.

La ira desencadena mecanismos físicos automáticos que también podemos sentir si nos enfadamos con un adulto y que, en ese caso, la mayoría de nosotros si sabemos controlar.

La cuestión es que hacia el niño no sentimos esa inhibición y perdemos el control al reproducir el comportamiento que posiblemente tenían nuestros padres o tienen otras personas de nuestro entorno, que justifican y perdonan hacia los niños lo que hacia otro adulto sería motivo de rechazo.

 Pero reconociendo la pauta física y estando muy conscientes de no querer dejar que la ira nos domine cuando el desencadenante es nuestro hijo y no otra persona cualquiera, podemos lograrlo.

Los síntomas físicos pueden ser calor, ardor en el pecho, sentir que la sangre te hierve y sube la ira por la garganta, hasta casi cegarte. Todos podemos reconocer estas sensaciones y actuar antes de que llegue el estallido de violencia física o verbal. Incluso si es un grito o un azote, podemos pararlo a tiempo si nos damos cuenta como nos está dominando la rabia. Fijándonos en esas manifestaciones físicas y siendo muy conscientes de nuestro cuerpo podemos pararlas y usar técnicas que evitan el estallido, dándonos la oportunidad de usar otras estrategias educativas que no sean el pegar un cachete o un chillido, y sobre todo, dándonos la oportunidad de calmarnos nosotros antes de hacer nada.

Con las primeras manifestaciones físicas es cuando debemos actuar. Hemos aprendido a reconocer la ira que suele preceder al cachete y la pérdida del autocontrol. Unido a eso podemos empezar por algo sencillo, que es, reconocida la ira, concienciarnos para nunca dar un azote movidos por la ira, nunca. Incluso quienes defienden el cachete a tiempo no suelen pegarlo pasado un rato, acuden a él más que como medida educativa como válvula de escape a su enfado, el miedo por un peligro o la vergüenza por estar siendo observado en un momento en el que el niño se comporta de manera incorrecta según las normas. Para todos es posible hacer este ejercicio.

La forma de saber si un cachete merece la pena o es la mejor manera de actuar ante el problema de comportamiento es no darlo en caliente. Dejar pasar un rato, una hora más o menos, y entonces reflexionando sobre las causas de la actuación del niño y las de nuestras sensaciones e ira, decidir si lo damos informando al niño de lo que vamos a hacer y de lo que queremos conseguir con ello. Seguramente nos vamos a encontrar con que no somos capaces de hacerlo tras una reflexión y además explicar a nuestro hijo, sin gritarle ni enfadados, que ese cachete que pensamos darle tiene motivos fundados.

El cachete, cuando no estamos en caliente, ya no nos sale. Por tanto, descubriremos que el cachete es fruto de la ira, no de un verdadero deseo de enseñarle nada a nuestro hijo. Y seguro que entonces vamos a empeñarnos en no darle ni un azote llevados por una pérdida de control, porque choca con todo lo que queremos enseñarles de manera coherente.

Respetar a los niños

En todo este proceso debemos tener siempre presente que un niño tiene tanto derecho como cualquier adulto a ser tratado con respeto es importante. Con un adulto podemos incluso permitirnos perder el control y llegar a una falta de respeto. El otro adulto va a tener los elementos emocionales, verbales e intelectuales para enfrentar lo sucedido. Y además el otro adulto tiene la posibilidad de defenderse o hasta de dejar de tratar con nosotros. Además el adulto ha tenido una formación que le hace no depender total y absolutamente de nuestro trato y opinión para construir su imagen de si mismo. Y tampoco depende de nosotros para todo en lo material.

Con el niño es diferente. Nuestros hijos dependen de nosotros para vivir, para sobrevivir y también para educarse, recibir modelos de comportamiento y aprender a entenderse, amarse y respetarse a si mismos. Por eso el modo en el que los tratemos es especialmente importante, vital para su desarrollo y hace que tengamos una enorme responsabilidad.

Aprendiendo a cambiar nuestras reacciones

Muchas veces el estallido llega cuando el niño llora, tira cosas al suelo, se queja, se pone nervioso o grita piendo algo. Solemos estar cansados y sobrepasados. Para evitarlo, una vez hemos aprendido a tener bien identificados los síntomas de la ira, podemos usar unos trucos fáciles para romper el momento en el que esa rabia sube por la garganta. Y estos trucos consisten en romper la situación, cambiarla, crear una nueva en la que no vayamos a estar enfadados.

Algunas técnicas para el día a día que dan resultado son un poco absurdas pero muy efectivas: ponernos a bailar, tirarnos al suelo a hacer la croqueta rodando, tomarlo en brazos y hacerle una mueca o una carantoña, cantar incluso, son variadas posibilidades sencillas que podemos intentar usar para dominar la ira y darnos unos segundos de libertad.

Una vez hecho esto la rabia habrá remitido y podemos actuar de otro modo. Cambiar el escenario, calmarnos mediante una ducha o unas respiraciones, golpear un cojín, marcharnos a otra habitación a pegar allí dos gritos, pedir a la pareja que tome las riendas del cuidado del niño momentaneamente y salir unos minutos, son algunas prácticas muy efectivas que rompen el momento en el que la ira nos domina y nos dejar el aire suficiente para enfrentar de nuevo la situación desde otra perspectiva. Contar hasta diez y gritar hundiendo la cabeza en una almohada o en nuestro propio antebrazo son técnicas que controlan la ira y podemos usar siempre que sintamos que los síntomas físicos de su avance se presentan.

Existen algunas técnicas algo más elaboradas, al alcance de todos, que podemos usar en la mayoría de las situaciones del día a día, adaptándolas a cada caso y a cada persona. Antes de perder el control y dar un cachete, un azote o un grito se pueden hacer muchas cosas que harán que el momento de rabia pase y ya no nos pueda dominar.

La técnica de risa

La técnica de la risa funciona estupendamente. La risa, incluso si es forzada, desencadena un mecanismo físico y hormonal que nos proporciona una sensación de bienestar y una mejor oxigenación.

Reir alocadamente cuando notemos la ira brotar, antes de que ascienda y nos domine, nos permite romper ese momento peligroso y llegar a pensar con más claridad y humor. Reir, una buena carcajada, es una terapia inmediata e intensiva contra la ira. Son dos mecanismos que desencadenan respuestas fisiológicas incompatibles. La risa mata la ira.

Despues de esa carcajada podemos seguir en la misma situación estresante, pero habremos engañado a la rabia que nos quería dominar. Podemos entonces seguro actuar de manera más racional. Parece un truco muy sencillo, pero funciona.

Para usar esta técnica hay que saber fijarse en esas manifestaciones físicas de la ira para llegar a tiempo. Al sonreir y sobre todo al reir, se cambiarán los mensajes físicos que mandamos al cerebro y despistamos al mecanismo que hace saltar la rabia. Al cambiar el mensaje que llega al cerebro y forzarnos a reir, vamos a cambiar los pensamientos y las sensaciones.

La técnica del talismán

Otra técnica facilmente realizable es la visualización del amor que sentimos hacia nuestro hijo. Cuando sientes el enorme amor que despierta tu niño, lo feliz que te hace que esté en tu vida, parece como si la ira se asustase. Y se va.

La técnica consiste en tener un talismán secreto al que recurrir y considerarlo así, algo que nos acompaña y protege. Repetir mental y verbalmente una frase como “Te amo hijo mio” o algo semejante, habernos acostumbrado a visualizar al niño en nuestros brazos, o en algún momento especialmente feliz y tierno, centra la atención en ese sentimiento y disipa el enfado, permitiéndonos que pase el peligro de actuar dominados por la ira, para dejarnos hacerlo desde el amor, el respeto y la tranquilidad.

Cuando pensamos en el amor que sentimos por nuestro hijo es mucho más facil conseguir la fuerza interior que permite para canalizar los impulsos violentos o de ira en energía positiva. A veces podemos sentir que el talismán se nos resbala de las manos si estamos muy sobrepasados o muy cansados, pero con la práctica su uso se hace más sencillo.

Antes de gritarle al niño o darle un manotazo, piensas “Te amo hijo mio” y dejas que ese sentimiento te invada durante un par de segundos, con total intensidad, imaginándolo incluso, si lo preferimos, como una gran luz que nos inunda. Ya no quedan ganas de dar azotes, sino de acompañar y abrazar a ese pequeño que nos agota pero nos llena de felicidad.

La técnica del observador

Obviamente la complicidad de la pareja y de otras personas que estén usualmente en nuestro entorno, a las que debemos hacer partícipes de nuestra preocupación y de la decisión que hemos tomado de no usar gritos ni azotes con nuestros hijos, es importante.

El entorno, por supuesto, puede ayudarnos, aunque a veces puede suponer una dificultad adicional si las personas en las que nos confiamos son partidarias de minimizar la importancia de estas formas de trato. Explicarles a los que nos rodean que hemos decidido no gritarle y no pegar azotes a nuestros hijos supone un enorme compromiso, ya que no solamente nos observaremos a nosotros mismos o nos observarán nuestros hijos, sino que otros adultos habrán escuchado nuestra intención, nos reforzarán y aplaudirán los avances, o, cuando menos, nos observarán.

Suele ser un fuerte incentivo y se usa igualmente cuando alguien quiere dejar el tabaco, por ejemplo. Funciona si el entorno no nos zancadillea, claro. En caso contrario puede no ser una buena idea.

La técnica del cómplice

Pero, aparte de la ayuda de la pareja o del entorno habitual, podemos acudir al cómplice, el amigo comprometido que ha pasado por lo mismo o está en la misma linea de actuación. Juntos podemos ayudarnos a entender mejor y a consolarnos mutuamente.

Yo tengo dos maravillosos amigos así, Aiane y Alberto. Desde hace seis años empezamos a ayudarnos en la crianza de nuestros hijos. A veces todavía los llamo a horas extrañas para explicarles algo que ha pasado, o que pienso, pidiéndoles consejo y compartiendo vivencias. Nos hemos convertido, con los años, en más que hermanos, nos consideramos familia y conocemos el alma del otro casi tan bien como la propia, diciéndonos verdades de las que duelen con la seguridad de que el otro las asume desde el conocimiento de nuestro cariño enorme.

Buscar amigos que cuiden a sus hijos de esta manera es de enorme ayuda. Incluso si no podemos convivir con ellos, si los vemos de tarde en tarde y el contacto diario es virtual o por teléfono, van a reforzarnos, ayudarnos, comprendernos y darnos ánimos, además de permitirnos compartir experiencias que serán la referencia que nuestro entorno familiar quizá no esté preparado para ofrecernos. Ser escuchados y sentirnos entendidos es muy importante para no rendirnos ante las dificultades.

Después de una crisis, superada o no con éxito, no hay nada como hablar con un amigo, llorar o felicitarnos, sentir que a alguien le importa lo que hacemos y nuestro empeño.

El grupo de apoyo

Si nadie entre nuestros familiares o conocidos entiende nuestras inquietudes el camino será más complicado. Por eso hay que buscar una “tribu” donde experimentar sentimientos de comprensión y amistad: un grupo de apoyo.

Este grupo de personas afines será donde podamos, usualmente, contar lo que hemos decidido hacer, como expliqué hablando de la técnica del observador, y también donde encontraremos esos amigos a los que abrir el corazón y con los que compartir las vivencias más intensas y personales.

Nuestros observadores y nuestros cómplices pueden aparecer en esos grupos más generales de personas con ideas semejantes. Pero aparte de esas personas especiales, en la vida, como seres sociales que somos, necesitamos un grupo de afines donde sentirnos respetados y entendidos.

Si cada cena en casa de la familia se convierte en una batalla verbal en la que te dicen que tu niño necesita un buen azote y se burlan de tus ideas te puedes sentir muy solo e incomprendido. Necesitarás un grupo que te apoye.

Seguramente pensaréis que esto parece muy sencillo sobre el papel, pero que, en la realidad, las cosas son más complicadas. Hay muy poco tiempo para empezar nuevas amistades, y más con un niño pequeño, por lo que no resultará tan facil encontrar ese grupo de afines donde sentiros seguros. Pues claro que no es sencillo, hay que buscarlo. Lo que si os puedo contar es como encontrarlo. Luego, ya os toca a vosotros moveros para entrar, pero seguro que os van a abrir las puertas encantados. 

 La técnica del niño interior

Nosotros también fuimos niños y sentimos lo que sienten los niños cuando son apartados bruscamente o les tratan con menos dulzura o respeto del que merecen. Nos gritaron, nos dijeron palabras dolorosas, nos amenazaron, nos pegaron un azote o nos mandaron de malos modos a callar. Y a otros, sin duda, les pasaron cosas peores: palizas, castigos muy severos y abandono emocional.

Pero a fuerza de recibir estas acciones de las personas de las que dependíamos absoluta y totalmente, llegamos a olvidar y silenciar que aquello nos hacía sentir tristes o abandonados. Incluso los niños que sufren maltratos muy graves llegan a negar y a olvidar el daño sufrido, se identifican con el agresor y justifican lo que les pasaba. Llegan a creer que era culpa suya, que provocaban el maltrato al ser inadecuados. “Malos”. Niños malos que merecen azotes.

Pues no, no existen niños malos y los niños no merecen que se les de un golpe por muy flojito que sea. No lo merecen. En los gestos en los que no damos buen trato al niño, los sentimientos, aunque sean situaciones menos graves, son muy parecidos.

La mayoría de nosotros no sabemos lo que sentíamos cuando erámos niños y nos daban un bofetón o nos llamaban idiotas. No lo sabemos, lo olvidamos, o mejor dicho, nos hicieron negar que nos hacía daño, incluso que pasó. En realidad, la mayoría lo recuerdan con “cariño”, ya que se les dijo que era por su bien.

Pero nadie se siente amado, respetado y protegido cuando le agarran del brazo y lo zarandean, le dan un pescozón o le amenazan en mitad de un rabieta. No, eso no les gustaba a los niños que fuimos, les hacía sufrir.

Estoy segura, pero cuesta mucho atreverse a hablar con el niño que fuimos y conectarnos con sus verdaderos sentimientos de entonces. Y una vez que nos vemos y lo vemos, entendemos mejor lo que siente nuestro hijo y desearemos no darles esa experiencia.

La intensidad dolor que produce hablar con ese niño interior dependerá de muchas cosas, de la continuidad y la gravedad de los gestos violentos, cargados de ira o de desprecio a veces, que recibimos. También dependerá de todo lo demás que rodeaba nuestra infancia y el mismo trato general de nuestros padres.

Pero seguro que ese niño interior sigue escondido, esperando ser escuchado, contarnos la verdad de sus sentimientos, no de los que los adultos le dijeron que debía tener, sino de los que brotaron de si mismo ante el primer grito.

Si queremos cambiar el patrón de conducta en la crianza y aprender a controlar la ira cuando los niños nos agotan, una manera muy efectiva es contactar con nuestro niño interior. Si de verdad empatizamos con él y lo escuchamos en vez de quererlo hacer callar cuando llora, igual que deseamos tan intensamente que cese el lloro de un niño, podremos identificar mejor el miedo o la rabia que sentimos ahora y evitar que nuestros pequeños sufran lo que nosotros, de niños, sentimos cuando no nos dieron el mejor de los tratos.

Conocer al niño interior y tenerlo presente nos ayuda a controlar la ira y a no sucumbir al recurso del azote o el grito o la amenaza. Muchas veces, reconocemos entonces, que, sencillamente, reproducirmos los patrones de conducta de nuestros padres y al saber que a nosotros, de niños, eso nos dolía y apenaba, podemos romper con ellos y dejar de justificarnos al hacer con nuestros hijos lo que sería intolerable hacia un adulto.

Saber si nos sentíamos amados, respetados, escuchados y protegidos por nuestros padres, identificar las situaciones en las que nos hacían sentir mal es un reto duro. Muchas personas sienten miedo de conectar con su infancia, de enfrentar los sentimientos y la realidad, y puede que descubran que no fueron tan felices como pensaban. Y sientan ganas de llorar.

Si sucede eso no hay que negar la exploración interior, sino amar a aquel niño que sufría y curarlo, demostrándole que somos capaces de romper con comportamientos que pueden haberse repetido generación tras generación y que vamos a hacer todo lo posible para aprender a criar sin azotes.

Podemos criar sin azotes

Podemos criar hijos sanos, felices, respetuosos y seguros de si mismos. Pero para hacerlo, debemos criar sin azotes, sin castigos ni amenazas, sin gritos ni insultos. Podemos hacerlo siempre desde el respeto, la empatía y la comuniciación en positivo. Con ello les daremos la oportunidad de sentir y vivir de una manera nueva, más pacífica y más libre. ¿No es un reto que merece la pena?

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